Cinco meses de
vida y ya me revolucionó por completo.
Nueve de diez
mujeres con las que hablé, me contaron sobre cómo vivieron los síntomas durante
sus gestaciones. Algunas la pasaron mal durante los primeros tres meses, otras
durante todo el embarazo, otras con recreos disfrutables. Algunas con mucho
padecimiento, al nivel Su-frí, chamiga. Y las menos, sintieron menos. Como si
nada, como si no estuvieran gestando, más allá de los movimientos propios de
las criaturas, hablamos de síntomas. Y de todas, dos declararon que se
encontraban radiantes y llenas de energía y vitalidad como nunca. Cada mujer es
un mundo. Y en cada una, cada embarazo es un universo aparte.
Por acá, comencé
con una especie de golpe de calor o un bajón de presión, o eso creía, mientras
esperaba el colectivo para volver a casa a la salida del trabajo. Antes de eso
ya había sentido unas nauseas terribles a causa de un pañal usado que alguien había
tirado en el basurero de la biblioteca. Hasta ahí no parecía algo tan
descabellado pensar que aquel aroma y aquella sensación térmica hubieran
surtido tales efectos. Salvo que los malestares siguieron durante una semana. Y
que una mañana cualquiera, de la nada, despertara aborreciendo el mate.
O vamos al médico,
o hacemos un test.
Y dio positivo.
Y fuimos al
médico. Y de la pantalla escuché el sonido más escuchable de todos y vi la
cosita más ilusionadora de todas. Y vi piernitas y brazos chiquititos, y algo
como ojitos como de alien, como de hormiga. Amor y lágrimas de
quécosamáshermosaporfavor. Y no sé cuál de los corazones latía con más
entusiasmo.
Y ya no pude
comer ensaladas. Y ya no pude tomar infusiones. Ni café, ni té, ni mate cocido,
ni mate, ni tere, ni nada, mamu. Yogur. De vainilla y solamente de una marca. Y
fideos, coditos. Un alfajorcito de vez en cuando. Un sandwichito de pan de miga
y jamón y queso y mucha mayonesa, y juguito de limón, dos litros. Y nada de
galletitas; pan blanco. Y olvídate de la ropa de siempre. Que nada me toque la
panza que, aunque ni tengo todavía, me aprietan todos los elásticos. Y alejame
por favor el jabón de tocador, y cambiemos de pasta dental, y esperá que salga
de la casa para que prendas la cocina, y perfumate lejos y… Y sueño, mucho
sueño, y más sueño. Y ganas de llorar por todo.
Así, hasta los
cinco meses. Aunque fue menguando desde los tres.
Ahora ya no
quiero saber nada del yogur y pude volver a incorporar todo, excepto el mate. Y
algunas lecturas. Como la astrología. Leíste bien.
Esto lo voy a
escribir rápido y sin detallar porque me sigue dando nauseas de solo pensarlo.
Meses antes de que comience todo, había comenzado unos talleres de astrología,
tzolkin maya y numerología. Tuve que dejar todo, al bebé no le gusta.
Lo que más me
sorprendió es que a quienes se lo comenté, les pareció de lo más natural y me
respondieron siempre diciendo cosas como Es que ellos son más sensibles, todo
lo que consumimos tiene un efecto en nosotros, todo es energía, se re entiende,
etc., etc. Todo muy normal ja, ja. Y qué te voy a decir. Algo similar me pasó
cuando compartí un video de Juancho, uno de los lagartos que habita y ronda
nuestro patio, en el corredor de la casa y comiendo la comida del gato. En el
video preguntaba a modo de broma, qué alimento balanceado me recomendaban para darle.
Y una gran cantidad de personas respondió con ideas como cáscaras de frutas y
verduras, las sobras del mediodía, huesos, etc. Y yo, bueno, si, todo eso le
damos, pero era pa que se sorprendan y rieran conmigo, ¡ja! Todo muy normal.
Sigo sufriendo el
calor, y mucho, y sueño en igual medida. Me dijeron que algo similar viven
algunas en la menopausia. Las hormonas, dicen. Y todo muy normal.
Pero de pronto el vientremoto y todo pasa a último
plano.