martes, 23 de enero de 2024

La revolución. (Pero todo muy normal por acá)

 

Cinco meses de vida y ya me revolucionó por completo.

Nueve de diez mujeres con las que hablé, me contaron sobre cómo vivieron los síntomas durante sus gestaciones. Algunas la pasaron mal durante los primeros tres meses, otras durante todo el embarazo, otras con recreos disfrutables. Algunas con mucho padecimiento, al nivel Su-frí, chamiga. Y las menos, sintieron menos. Como si nada, como si no estuvieran gestando, más allá de los movimientos propios de las criaturas, hablamos de síntomas. Y de todas, dos declararon que se encontraban radiantes y llenas de energía y vitalidad como nunca. Cada mujer es un mundo. Y en cada una, cada embarazo es un universo aparte.

Por acá, comencé con una especie de golpe de calor o un bajón de presión, o eso creía, mientras esperaba el colectivo para volver a casa a la salida del trabajo. Antes de eso ya había sentido unas nauseas terribles a causa de un pañal usado que alguien había tirado en el basurero de la biblioteca. Hasta ahí no parecía algo tan descabellado pensar que aquel aroma y aquella sensación térmica hubieran surtido tales efectos. Salvo que los malestares siguieron durante una semana. Y que una mañana cualquiera, de la nada, despertara aborreciendo el mate.

O vamos al médico, o hacemos un test.

Y dio positivo.

Y fuimos al médico. Y de la pantalla escuché el sonido más escuchable de todos y vi la cosita más ilusionadora de todas. Y vi piernitas y brazos chiquititos, y algo como ojitos como de alien, como de hormiga. Amor y lágrimas de quécosamáshermosaporfavor. Y no sé cuál de los corazones latía con más entusiasmo.

Y ya no pude comer ensaladas. Y ya no pude tomar infusiones. Ni café, ni té, ni mate cocido, ni mate, ni tere, ni nada, mamu. Yogur. De vainilla y solamente de una marca. Y fideos, coditos. Un alfajorcito de vez en cuando. Un sandwichito de pan de miga y jamón y queso y mucha mayonesa, y juguito de limón, dos litros. Y nada de galletitas; pan blanco. Y olvídate de la ropa de siempre. Que nada me toque la panza que, aunque ni tengo todavía, me aprietan todos los elásticos. Y alejame por favor el jabón de tocador, y cambiemos de pasta dental, y esperá que salga de la casa para que prendas la cocina, y perfumate lejos y… Y sueño, mucho sueño, y más sueño. Y ganas de llorar por todo.

Así, hasta los cinco meses. Aunque fue menguando desde los tres.

Ahora ya no quiero saber nada del yogur y pude volver a incorporar todo, excepto el mate. Y algunas lecturas. Como la astrología. Leíste bien.

Esto lo voy a escribir rápido y sin detallar porque me sigue dando nauseas de solo pensarlo. Meses antes de que comience todo, había comenzado unos talleres de astrología, tzolkin maya y numerología. Tuve que dejar todo, al bebé no le gusta.

Lo que más me sorprendió es que a quienes se lo comenté, les pareció de lo más natural y me respondieron siempre diciendo cosas como Es que ellos son más sensibles, todo lo que consumimos tiene un efecto en nosotros, todo es energía, se re entiende, etc., etc. Todo muy normal ja, ja. Y qué te voy a decir. Algo similar me pasó cuando compartí un video de Juancho, uno de los lagartos que habita y ronda nuestro patio, en el corredor de la casa y comiendo la comida del gato. En el video preguntaba a modo de broma, qué alimento balanceado me recomendaban para darle. Y una gran cantidad de personas respondió con ideas como cáscaras de frutas y verduras, las sobras del mediodía, huesos, etc. Y yo, bueno, si, todo eso le damos, pero era pa que se sorprendan y rieran conmigo, ¡ja! Todo muy normal.

Sigo sufriendo el calor, y mucho, y sueño en igual medida. Me dijeron que algo similar viven algunas en la menopausia. Las hormonas, dicen. Y todo muy normal.

 Pero de pronto el vientremoto y todo pasa a último plano.

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