He aquí el detrás
de escena, nada más y nada menos. Qué escena, cuál sea, cuál fuera. Un espacio
de aire, de suspiros, de gemidos, resoplidos. Aires que sobran. Para recuperar
los que falten. Que por eso escribo. Por desahogo, por respiro, por latido, por
calma, por búsqueda y reencuentro. Porque siempre hay un proceso en el que ando
nadando, buceando o naufragando.
Hoy, con cinco
meses en la Dulce espera. Revolucionada. Desenterrando preguntas, desempolvando
miedos, descubriendo esperanzas. Con apenas fuerzas para hacer lo mínimamente
cotidiano, levantarme, comer, bañarme. En la lucha interna de ideales, estructuras,
deberes, demandas, mandatos, y lo que simplemente es más allá de todo. Y con
una fortaleza y un amor que explotan y burbujean cada que surge el terremoto en
el vientre, el vientremoto. Se estira, salta, baila, qué hace, y no sé, nada. Yo
solo rio y sonrío. Y me invade un algo que aun no puedo poner en palabras.
Y más allá de mí,
la otra cara de la vida real, en su dulce espera, de mí, de que sea yo quién se
alumbre. Los hilos, los libros, la gente, las cuentas. El mundo que sigue su
curso a pesar de mí.
Y qué si ni peluches ni palabras llegan a
ningún puerto, ni al papel, ni a la pantalla. Y qué si la única fuerza y gana
que me surge se concentra en mi vientre que fascinantemente nutre y crea y
crece por primera vez. Universo vientrecéntrico. Giro en torno a sentires más
internos que nunca, somáticos, oníricos, más intensos que nunca. En la
indescriptible soledad de la inmensidad que me habita y me desborda y que no
cabe en las letras ni en el monoambiente. Como yo en la ropa. Y qué si ya no
quepo en ningún lado. Me reinvento.
Y toca dibujar un
nuevo mundo, con nuevos bordes, con nuevos ojos, colores.
Y qué si hoy solo
sirvo para amar (me).
Encontré en mi galería
la imagen descargada, quizás de Facebook, de ese fragmento de Begoña Abad, y me
tocó el alma.
Y me bajé.
Mi panza baila
desde el alba.

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