lunes, 22 de enero de 2024

Entre signos de interrogación

He aquí el detrás de escena, nada más y nada menos. Qué escena, cuál sea, cuál fuera. Un espacio de aire, de suspiros, de gemidos, resoplidos. Aires que sobran. Para recuperar los que falten. Que por eso escribo. Por desahogo, por respiro, por latido, por calma, por búsqueda y reencuentro. Porque siempre hay un proceso en el que ando nadando, buceando o naufragando.

Hoy, con cinco meses en la Dulce espera. Revolucionada. Desenterrando preguntas, desempolvando miedos, descubriendo esperanzas. Con apenas fuerzas para hacer lo mínimamente cotidiano, levantarme, comer, bañarme. En la lucha interna de ideales, estructuras, deberes, demandas, mandatos, y lo que simplemente es más allá de todo. Y con una fortaleza y un amor que explotan y burbujean cada que surge el terremoto en el vientre, el vientremoto. Se estira, salta, baila, qué hace, y no sé, nada. Yo solo rio y sonrío. Y me invade un algo que aun no puedo poner en palabras.

Y más allá de mí, la otra cara de la vida real, en su dulce espera, de mí, de que sea yo quién se alumbre. Los hilos, los libros, la gente, las cuentas. El mundo que sigue su curso a pesar de mí.

 Y qué si ni peluches ni palabras llegan a ningún puerto, ni al papel, ni a la pantalla. Y qué si la única fuerza y gana que me surge se concentra en mi vientre que fascinantemente nutre y crea y crece por primera vez. Universo vientrecéntrico. Giro en torno a sentires más internos que nunca, somáticos, oníricos, más intensos que nunca. En la indescriptible soledad de la inmensidad que me habita y me desborda y que no cabe en las letras ni en el monoambiente. Como yo en la ropa. Y qué si ya no quepo en ningún lado. Me reinvento.

Y toca dibujar un nuevo mundo, con nuevos bordes, con nuevos ojos, colores.

Y qué si hoy solo sirvo para amar (me).

 

Encontré en mi galería la imagen descargada, quizás de Facebook, de ese fragmento de Begoña Abad, y me tocó el alma.

Paró el mundo

Y me bajé.

Mi panza baila desde el alba.

 

 


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