domingo, 26 de octubre de 2025

Polaridad en crudo

No hables, que te vas a llenar de gases.
Catarsis, primera parte.
OK, quirófano, cesárea de emergencia. 
Temblaba de miedo, de nervios, de la discusión de las enfermeras/doctoras que insultaban a la que me mandó a sala dilatante sin que se escucharan los latidos del bebé. Los pinchazos en la espalda. Las contracciones. El dolor. La incomodidad de la camilla, los brazos atados, el frío, la mente. Ay, encima ya le corté. La voz de la doctora. Los sacudones desesperantes. Mis gemidos, incesantes gemidos. El anestesista ayudando a que puedan sacar el bebé. Los moretones en mi pecho, de sus manos apretando con fuerza. Doctora, ¿se siente bien? Silla de ruedas saliendo del quirófano con la doctora en ella. Llanto de bebé. Mi amor. No hables. ¿Le cosés vos? Más sacudones. 
Mi bebé por el pasillo, en brazos del progenitor. Ojitos abiertos. Amor de mi vida. Los sentires de extremo a extremo, de polo a polo. 
La camilla, el suero, la sonda, el cuerpo dormido, el dolor en el pecho, en el vientre, en el alma. El globo pinchado del parto cuidado cual película de Disney. Que la placenta, que el corte tardío del cordón, que su sangre, que ni me lo mostraron al nacer, que pariremos con placer, que el contacto cuerpo a cuerpo. 
Lo más importante en mi vida, tendido sobre un regazo de jean con olor a humedad, sin poder sostener la cabecita todavía llena de pedacitos de mí, moviendo por primera vez su cuerpito semi estirado, mientras trataban de sacarle una foto.
El recuerdo más cargado de emociones del blanco al negro. Quizás, la primera vez que lo haya odiado. Para la segunda vez no faltó demasiado. 

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