siento a la angustia arder en tus pulmones,
siento el hastío bajo ese vestido de encaje rojo
y la desdicha de tu risa cizañera.
No me arrepiento de abrirte los cerrojos,
de deshojarte y desarmarte de ilusiones.
No me equivoco al traducirte los suspiros
ni los despojos que tu torbellino deja.
Causas estragos en silencio mientras las espinas te desgarran por dentro,
buscas refugio a campo abierto pero
a brazos cerrados
y en secreto.
Siento también que mis uñas dejan de respirar si las pinto. Y me pinto por fuera solo cuando me reconozco gris dentro.
Para sanar hay que empezar por abrir los otros ojos...
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