La vida; una fiesta sorpresa. Tacho La, escribo -mi- por cariño a susceptibilidades encandiladas. Llevo un tramo con esto de des-disfrazarme, y cada día vuelvo pasar los dedos por mis bordes para ver si siento la puntita de otra máscara. No, no es tan fácil. A veces uno no se da cuenta, u olvida sacarse los guantes y no siente nada. Cree verse al espejo y lo que mira es un cuadro. Cree acercarse al cielo, pero desde dentro de un castillo amurallado. A veces cuesta, otras no tanto. Si, claro, la máscara ajena la ve cualquiera (cualquiera que quiera verla). Pero es más fácil. Aunque fijarse en ella ayuda menos que intentar ocultar las nuestras, e incluyo menos que escondernos tras ellas. He aquí el pupo de la cosa. Animarse es la cuestión. Llenarse de ánimo, de ánima, de movimiento, de alma, de aire, de inspiración divina. Y que se sacudan los miedos, y que vuele lo viejo. Temblar y ver surgir la ventana de lo nuevo y lo verdadero. Hay algo en nosotros que sigue intacto. Nada real puede ser amenazado. Cuando lo recordemos sobrarán los escudos y las quimeras, los castillos y los templos, los disfraces y también
la fiesta.
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Lo que no cabe, desborda
Lo que ha de llegar, encontrará su modo
Lo que es sigue siendo, aunque pretenda ocultarlo
Lo irreal es transmutado por el fuego sagrado
Pierdo el equilibrio
Tiemblo
Caigo
Me descubro y Veo el cielo
Aunque mi mundo parezca de cabeza
(es sólo el inicio)
Todo se está acomodando
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