Lo bueno
de vivir en un monoambiente es que no entran los miedos. No caben.
No entran
Los. Vienen de a uno. Bueno, dos, pero apretaditos, y ahí ni se les entiende.
Se pisan los talones, se les mezclan las ideas, las palabras, y ya ni asustan.
Si entra
uno solito, anda con más soltura. Le toca encontrar, igual, un lugar dónde
acomodarse. Una silla libre de ventiladores, juguetes o remeras. Que haya
recordado levantar los hilos y el vellón al mueble. Que los zapatos no estén
sobre la única baldosa libre al pie de la cama. Y que el gato no esté sobre los
zapatos, sobre la baldosa.
Aunque si
llega a ellos, pasa algo asombroso.
Se da
media vuelta y sale, pidiendo disculpas.
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