domingo, 26 de octubre de 2025

Empático el miedo

 

Lo bueno de vivir en un monoambiente es que no entran los miedos. No caben.

No entran Los. Vienen de a uno. Bueno, dos, pero apretaditos, y ahí ni se les entiende. Se pisan los talones, se les mezclan las ideas, las palabras, y ya ni asustan.

Si entra uno solito, anda con más soltura. Le toca encontrar, igual, un lugar dónde acomodarse. Una silla libre de ventiladores, juguetes o remeras. Que haya recordado levantar los hilos y el vellón al mueble. Que los zapatos no estén sobre la única baldosa libre al pie de la cama. Y que el gato no esté sobre los zapatos, sobre la baldosa.

Aunque si llega a ellos, pasa algo asombroso.

Se da media vuelta y sale, pidiendo disculpas.

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