sábado, 25 de octubre de 2025
adolescencia
Mi nombre es María y quizás debas acercarte, acostumbro a hablar al cielo y a escribir en voz baja. Si reviso el abismo, aunque revuelva, busque y me rebusque como en un cajón sin fondo el otro lado de la media que quiero usar, no encuentro el recuerdo. Vivo en un puente improvisado como aquel, sustentado de una ventana a otra, suspendido a eones sobre un angosto e infinito río. A mi izquierda, qué paisaje fúnebre, oscuro, foto digna de ser quemada en un montículo sin ceremonias ni cuentos. Y a mi otra mano, la primavera alistando el plumaje. Pero estoy en medio. Entre paredes desordenadas, libros desordenados, ropa desordenada, collares, cajas, un espejo y un gato, también desordenados. En libertad condicional, con el punto rojo en la frente. No toques, no mires, no hables, no corras, no calles, María, no calles. Desde su trono me advierte. Su casa, sus puertas, sus hilos, sus telas de araña, su mugre, sus ácaros, sus pelusas. No toques, no limpies, no. Me mira, me pide ayuda, truenan sus ojos y mis brazos no llegan. Nos distancia una pared desmedida, inasomable por encima o por los lados. Pared de silencios, amontonados como ladrillos desparejos, una muralla gris sin agujeros. Y yo sigo en medio.
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